Rearme sin resiliencia: la apuesta estratégica más cara del siglo XXI

Rearme sin resiliencia: la apuesta estratégica más cara del siglo XXI

Facebook
X

EDITORIAL DE OPINIÓN  ·  SEGURIDAD ESTRATÉGICA & GEOPOLÍTICA

Tipping points climáticos, soberanía material y el error de asignación de recursos que México no puede permitirse.

Por Víctor M. Gómez-Céspedes

Director General, Recilogic  ·  Team Leader, Chihuahua Green  ·  Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial

Chihuahua, Chihuahua  ·  06 Abril 2026

Hace unas semanas, en Ciudad de México, en el marco de una reunión de alto nivel en cooperación internacional, escuché una frase que no he podido dejar de pensar: “nos estamos echando más bombas que preocupándonos por el cambio climático.” Era una observación al margen, casi casual. Pero capturaba con precisión brutal una de las paradojas estratégicas más graves de nuestro tiempo.

El gasto militar global superó los 2.4 billones de dólares en 2024. Es el nivel más alto desde el fin de la Guerra Fría. Europa rearma. Estados Unidos expande su presupuesto de defensa. China moderniza su arsenal. Los países del Golfo multiplican sus sistemas de misiles. Mientras tanto, el financiamiento climático comprometido por los países desarrollados avanza con retraso, se renegocia en cada cumbre internacional y compite con presupuestos que ahora tienen otras prioridades declaradas.

La desproporción es de ocho a uno. Y esa aritmética tiene consecuencias que el análisis estratégico convencional no está calculando con honestidad.

Las guerras terminan. Los tipping points climáticos, no. Esa asimetría debería determinar cómo asignamos los recursos. Hoy, no lo hace.

Los tipping points climáticos son los umbrales donde los sistemas naturales cambian de estado de forma irreversible. No gradual. No negociable. Irreversible. El deshielo del permafrost libera metano acumulado durante milenios y acelera el calentamiento más allá de cualquier política de reducción de emisiones. El colapso de las corrientes oceánicas reorganiza los patrones de lluvia sobre los que se construyó la agricultura de continentes enteros. La acidificación del océano destruye la base de la cadena alimentaria marina. Cuando estos umbrales se cruzan, no hay resolución diplomática que los revierta. No hay tratado que los detenga. No hay presupuesto de reconstrucción que restaure lo que se perdió.

Esa es la asimetría que el debate estratégico global está ignorando con una comodidad que ya no podemos permitirnos.

Las guerras terminan. Los conflictos armados, por devastadores que sean, tienen resolución: ceses al fuego, acuerdos de paz, reconstrucción. La historia registra guerras mundiales, regionales y civiles que terminaron y de las que los países pudieron, eventualmente, reconstruirse. Los tipping points climáticos no tienen ese atributo. Una vez cruzados, redefinen permanentemente las condiciones materiales sobre las que los Estados operan: cuánta agua hay disponible, qué pueden producir sus territorios, dónde pueden vivir sus poblaciones, qué infraestructura pueden sostener.

Eso no es una amenaza ambiental de largo plazo. Es una amenaza a la soberanía material de los Estados. Y opera en silencio, sin banderas ni declaraciones de guerra.

México no es ajeno a esta lógica, y el norte del país lo ilustra con claridad incómoda. Los acuíferos de Chihuahua, Sonora y Coahuila llevan décadas en sobreexplotación. El corredor industrial que el nearshoring está expandiendo en la región demanda agua que los sistemas hídricos ya no pueden garantizar con el mismo margen que hace veinte años. La agricultura del noreste compite por ese mismo recurso. Los modelos climáticos proyectan reducciones adicionales de precipitación en estas zonas hacia 2035 y 2040. Eso no es un escenario de ciencia ficción: son las condiciones operativas sobre las que la manufactura, la producción agrícola y la vida urbana de la región más industrializada del país van a tener que funcionar.

No hay ejército que resuelva ese problema. No hay misil que recupere un acuífero colapsado.

Propongo llamar a esto deuda estratégica climática: la acumulación de riesgo soberano que genera cada año de inacción. A diferencia de la deuda financiera, no se puede refinanciar una vez que el umbral se cruza.

Cada año que pasa sin construir infraestructura hídrica resiliente, sin descarbonizar la base energética, sin diseñar sistemas productivos que no dependan de condiciones climáticas que el sistema ya no puede garantizar, es un año de deuda acumulada que eventualmente se cobra en forma de crisis de gobernabilidad. No como nota de cobro. Como colapso.

Los Estados que están tomando esto en serio no son necesariamente los que más hablan de clima en los foros internacionales. Son los que están tomando decisiones de infraestructura que solo tienen sentido si tratas los tipping points como lo que son: una amenaza estratégica de primer orden. Circularidad hídrica en manufactura. Descarbonización de sistemas energéticos regionales. Simbiosis industrial para reducir dependencia de cadenas de suministro que el clima puede interrumpir. Diversificación de fuentes de agua y energía como política de seguridad nacional, no como política ambiental.

Esa es la arquitectura de soberanía que el siglo XXI requiere. No misiles. No portaaviones. Infraestructura productiva diseñada para funcionar cuando el clima ya no se comporta como antes.

México tiene una ventana para construir esa arquitectura. No es infinita y su calendario no lo determina ningún gobierno ni ninguna cumbre: lo determinan los propios sistemas naturales que se aproximan a sus umbrales. La ventana para construir resiliencia antes del punto de inflexión es exactamente eso: una ventana. Y se cierra.

La pregunta no es si México enfrentará ese escenario. La pregunta es si llegará con una infraestructura diseñada para él, o con un presupuesto de defensa robusto y un sistema productivo que nadie preparó para el mundo que ya está llegando.

Las armas defienden fronteras. Los tipping points climáticos las disuelven desde adentro. Y contra eso, el rearme no tiene respuesta.

——–

Víctor M. Gómez-Céspedes es director general de Recilogic Industrial Company y team leader de Chihuahua Green. Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial.