Medellín: lo que una ciudad le enseña a otra

Medellín: lo que una ciudad le enseña a otra

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MEDELLÍN · 13 DE ABRIL DE 2026

Víctor M. Gómez-Céspedes  |  Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial

Hay una escena que no se me va de la cabeza.

En el Palacio Nacional de Medellín, decenas de obras de arte cuelgan en los pasillos, expuestas al paso de cualquier persona que entre. No hay guardias custodiándolas. No hay barreras de seguridad. Solo las obras y la gente.

Y la gente las respeta.

Eso no es un detalle menor. Es una declaración de principios sobre el tipo de ciudad que Medellín ha decidido ser — y sobre la relación que ha construido entre sus habitantes y el espacio que comparten.

Llegué aquí el jueves con una agenda concreta y un interlocutor de primer nivel: Mauricio Zenteno Casas, uno de los perfiles más sólidos en política de economía circular en América Latina. Le agradezco profundamente que se haya dado el tiempo — y agradezco también a Marcela, su esposa, quien me regaló algo que ningún informe técnico puede dar: la memoria viva de lo que esta ciudad vivió y cómo decidió rehacerse. Después de esas conversaciones, Medellín me habló por sí sola.

Hoy, después de cuatro días de recorridos, observación directa y encuentros inesperados, puedo decir que Medellín no se entiende desde los datos. Se entiende desde sus calles.

Una ciudad que habilita

Los domingos y festivos, desde las siete de la mañana, la ciclovía despliega sus corredores por toda la ciudad — el río, el estadio, la Oriental, El Poblado, los barrios — y convierte a Medellín en algo que no tiene traducción directa al español de la política pública: un espacio donde la ciudad simplemente se suelta. Familias, ciclistas, corredores, perros — muchos perros — y restaurantes que los reciben con puntos de hidratación en la ruta y mesas donde las mascotas son bienvenidas. En las plazas de entrada de algunos negocios, instructores improvisan clases de yoga y pilates al aire libre. Nadie les pidió permiso formal. La ciudad simplemente lo permite.

Por la noche, bajo el Puente de la 4 Sur, una comunidad de skaters ocupa el espacio urbano con una naturalidad que solo existe cuando nadie les ha dicho que no pueden estar ahí. No es caos. Es apropiación legítima de la ciudad.

Lo que Medellín ha logrado — y esto es lo que más me interesa como estratega territorial — es institucionalizar los usos espontáneos sin asfixiarlos. No los prohibió. No los ignoró. Los integró.

Eso tiene un nombre en el lenguaje de la economía circular: simbiosis de usos. La ciudad como sistema donde los flujos — de personas, de energía, de actividades — se conectan de forma eficiente porque alguien diseñó la infraestructura para que eso fuera posible.

Lo que el transporte dice de una ciudad

El Metro de Medellín no está vandalizado. Quien haya usado el transporte público en Ciudad de México sabe exactamente el peso de esa frase.

No es que en Medellín no haya tensiones sociales. Las hay, y quien conozca su historia reciente lo sabe bien. Lo notable es que la infraestructura pública — el metro, los metrocables que suben a los cerros, los parques lineales del río — no refleja abandono ni descuido. Refleja uso intenso y cuidado simultáneo.

El Metrocable no es solo un sistema de transporte. Es la decisión de llevar movilidad digna a los barrios de ladera que antes quedaban fuera del flujo económico de la ciudad. Cuando una comunidad recibe infraestructura que la trata con respeto, tiende a tratarla con respeto. Eso no es idealismo — es lo que los datos de reducción de tiempos de traslado, aumento de actividad comercial y cohesión territorial confirman una y otra vez.

La infraestructura que dignifica construye ciudadanos que cuidan. Y los ciudadanos que cuidan hacen posible más infraestructura.

Ese círculo virtuoso es exactamente lo que Chihuahua necesita entender y replicar.

La ciudad que el mundo elige

El fin de semana tuve la oportunidad de conversar con un grupo de europeos — holandeses, un inglés — que viven y trabajan en Medellín. Algunos llevan años aquí. Trabajan para empresas y organizaciones internacionales en tecnología y alimentos. La coincidencia entre todos era notable: valoran la calidad de vida, el clima, la gente, y algo que no siempre aparece en los rankings de ciudades inteligentes — la conectividad al exterior.

Medellín tiene hoy 24 destinos internacionales en 15 países desde sus aeropuertos. Y está construyendo el Túnel del Toyo, el más largo de América Latina, que reducirá a la mitad el tiempo de traslado hacia los puertos del Caribe. Una región que conecta su industria con el mar y su ciudad con el mundo no está haciendo infraestructura — está construyendo competitividad territorial de largo plazo.

Y la conectividad no es solo física. Medellín construyó Ruta N como su sistema nervioso de innovación: una entidad pública que articula academia, empresa y gobierno para traducir inversión en soluciones reales de ciudad. No es un parque tecnológico decorativo. Es la arquitectura institucional que convierte el conocimiento en empleo de calidad, en pilotos que escalan, en sectores que se especializan. El Cluster de Negocios Digitales que orbita alrededor de Ruta N concentra hoy más de 7,000 empresas tecnológicas y genera más de 100,000 empleos en Antioquia. Eso no es coincidencia — es el resultado de décadas de decisiones consistentes sobre dónde invertir y para qué.

Eso también lo estamos construyendo en Chihuahua, con otra geografía y otro lenguaje. La diferencia es que Medellín lleva más camino recorrido en algunas dimensiones. Y los territorios que aprenden de otros sin perder su identidad avanzan más rápido y con menos errores costosos.

El empresariado que construyó ciudad

Medellín no se reconstruyó solo con voluntad política ni con cooperación internacional. Se reconstruyó también porque su sector empresarial decidió ser protagonista, no espectador.

Las cajas de compensación familiar son quizás el instrumento más silencioso y más poderoso de esa historia. Financiadas con el 4% de la nómina que aportan los empleadores, estas entidades privadas sin fines de lucro han construido durante décadas una red de seguridad social que va mucho más allá del salario: vivienda, educación, salud, recreación, cultura, empleo y apoyo en momentos de crisis para los trabajadores y sus familias. No es filantropía. Es un modelo de redistribución que el propio sector privado diseñó, financia y opera — y que ha sido factor determinante en la cohesión social de Antioquia.

A eso hay que sumarle la estrategia de clusters que la Cámara de Comercio de Medellín lleva más de 15 años construyendo: más de 3,000 empresas articuladas en sectores estratégicos, con gobernanza público-privada, acceso a mercados internacionales y capacidad de generar masa crítica donde otras ciudades solo tienen iniciativas aisladas. El resultado no es abstracto: es empleo formal, exportaciones, especialización productiva y una región que sabe a qué apostó y por qué.

Cuando el empresariado entiende que su competitividad depende de la calidad del territorio donde opera — y actúa en consecuencia — la ciudad cambia.

Medellín es la prueba más elocuente de esa tesis en América Latina.

Lo que Medellín todavía no ha resuelto — y ahí está la oportunidad

Sería fácil escribir una columna de admiración. No es eso lo que vine a hacer.

Medellín tiene retos importantes en gestión de residuos. Es una ciudad grande, vibrante, con generación de residuos a escala metropolitana, y los esfuerzos en biogás y aprovechamiento energético — aunque reales y avanzados — todavía no capturan todo el potencial que el territorio tiene.

Lo que más me llamó la atención es el potencial de biomasa residual para descarbonización industrial. Medellín y su región generan flujos de biomasa — residuos orgánicos, lodos de tratamiento de aguas, residuos agroindustriales de Antioquia — que podrían conectarse directamente con la industria que necesita calor de proceso. Eso es simbiosis industrial en su forma más directa: convertir un residuo en un insumo energético, eliminar una dependencia externa y reducir emisiones al mismo tiempo.

Esa conexión todavía no está completamente ensamblada. Y eso, para quien trabaja en simbiosis industrial, no es una crítica — es una oportunidad concreta con nombre y apellido.

La flor que da vida y honra a los muertos

Hubo un momento que detuvo el tiempo.

Fue Marcela quien me lo contó primero — con la naturalidad de quien creció escuchando esas historias en su propia familia. Sus padres y tíos vivieron de cerca los años más oscuros de Medellín. Los atentados, el miedo, la ciudad que se vaciaba de noche, la incertidumbre de no saber si los tuyos volverían a casa. Y también vivieron lo que vino después: la decisión colectiva, lenta y sin garantías, de reconstruir.

En el Parque Memorial Inflexión, donde antes se levantaba el edificio Mónaco — símbolo del poder del narcoterrorismo que durante años convirtió a Medellín en la ciudad más violenta del planeta — hay un muro con 46,612 perforaciones. Una por cada víctima entre 1983 y 1994. En los orificios, la gente pone flores.

Antioquia es uno de los mayores exportadores de flores del mundo. La misma flor que genera divisas y empleo en esta región es la que sus habitantes eligen para honrar a sus muertos. No hay metáfora más poderosa sobre lo que significa convertir un recurso territorial en acto de dignidad colectiva.

Hoy, esa ciudad que el mundo señalaba con horror camina con relativa tranquilidad. No se ven policías en cada esquina. No hay tensión en el ambiente. Hay gente que vive su ciudad — que la usa, que la cuida, que la disfruta. La seguridad que se percibe no viene de la vigilancia. Viene de la apropiación.

Medellín no olvidó. Decidió recordar para no repetir.

Y en ese acto de memoria activa construyó algo que ningún plan de seguridad pública garantiza por sí solo: una ciudad que sus habitantes sienten como propia.

Eso también es economía circular. En su sentido más humano.

Por qué esto importa para Chihuahua

No vine a Medellín como turista. Vine como parte de un proceso de cooperación que tiene continuidad: esta semana en Cali, en el Regional Networking Event del programa IURC-LAC junto a Greater Porto, Hunedoara y Valle del Cauca. Y en septiembre, cuando Chihuahua sea la región anfitriona de ese mismo programa.

Lo que construyo esta semana no es material para una columna. Es insumo estratégico para lo que presentaremos ante esas delegaciones internacionales — y para las decisiones que tomemos en casa.

Medellín no es el modelo que Chihuahua debe copiar. Es el espejo en el que Chihuahua puede leer sus propias preguntas con mayor claridad: ¿Qué infraestructura estamos construyendo que dignifique y por tanto genere arraigo? ¿Qué flujos industriales podríamos conectar hoy y no lo estamos haciendo? ¿Qué talento queremos que elija quedarse — y qué le estamos ofreciendo para que lo haga?

Las respuestas no están en Medellín. Están en Chihuahua. Pero a veces hace falta ver otra ciudad desde adentro para formular las preguntas correctas — y para identificar modelos que vale la pena explorar. El esquema de las cajas de compensación familiar, donde el empresariado financia directamente bienestar social, educación y cohesión territorial para sus trabajadores, es una conversación que instituciones como FECHAC y FICOSEC podrían tener con renovado interés. No para copiarlo, sino para preguntarse qué versión de ese modelo es posible y necesaria en Chihuahua.

Víctor M. Gómez-Céspedes  —  Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial.

Director General de Recilogic  ·  Team Leader de Chihuahua Green

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