
COLUMNA DE OPINIÓN
CHIHUAHUA · 27 DE AGOSTO DE 2026
Víctor M. Gómez-Céspedes | Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial
“Si cambiamos las preguntas, cambiamos las respuestas. Y si cambiamos las respuestas, tomamos decisiones distintas.”
Mauricio Zenteno lo dijo el 18 de agosto de 2026, en Asunción, durante el lanzamiento del Programa de Oportunidades Circulares 2.0. No lo dijo en cualquier conversación: lo dijo en un lanzamiento que reunió a actores vinculados con ONUDI, la Unión Europea, el Ministerio de Industria y Comercio de Paraguay, la Unión Industrial Paraguaya y el sector productivo paraguayo. Plantear ahí que la pregunta correcta cambia la decisión no es un recurso de conferencia. Es una manera de decir que, cuando la pregunta es demasiado pequeña, la respuesta también lo será, sin importar cuántos actores estén sentados en la mesa.
Durante años, la pregunta que dominó la conversación sobre economía circular fue relativamente pequeña: ¿qué hacemos con nuestros residuos? Es una pregunta legítima y todavía necesaria, pero deja fuera algo importante. Cuando la cambiamos por otra, la pregunta es: ¿qué recurso está desperdiciando una empresa que otra necesita? Ahí aparece la simbiosis industrial: lo que para una planta es un excedente puede ser, para otra, exactamente lo que le falta.
Esa pregunta, sin embargo, dura poco tiempo sola. En cuanto una empresa resuelve su conexión con otra, aparecen preguntas más grandes. Cómo saber qué recursos existen en todo un territorio, no solo en una planta. Quién genera y comparte esa información. Cómo conectar empresas que normalmente no se conocen ni compiten en el mismo gremio. Qué capacidades técnicas hacen falta para identificar esas oportunidades. Qué infraestructura facilita esas conexiones y cuál las impide. Qué papel tienen las universidades, las asociaciones empresariales y las comunidades en todo esto. Ahí la pregunta deja de tener una sola respuesta posible dentro de una empresa. Necesita territorio.
Conozco esa manera de trabajar desde 2024, cuando invitamos a Mauricio a participar en el FoCo, en Chihuahua. Desde entonces sostenemos una relación profesional que hoy incluye trabajo conjunto en el Comité de Gestión por Competencias, para generar estándares de competencia laboral, y el acompañamiento junto con otros especialistas a una región industrial del occidente de México que construye su propia estrategia. Una de las fortalezas que le reconozco a Mauricio es precisamente su capacidad para llevar la economía circular hacia pensamiento sistémico, estrategia territorial, hojas de ruta y política pública. Por eso la pregunta que planteó en Asunción no me sorprendió: la había visto operar antes, en otro terreno.
Vi algo parecido este verano, durante una visita de estudio del programa IURC-LAC a Portugal. Entre las rutas de trabajo conjunto que discutimos para los territorios participantes apareció la posibilidad de mapear recursos sobrantes, subproductos y capacidades disponibles, para identificar oportunidades de simbiosis industrial en todo un territorio, no solo entre dos empresas. La discusión quedó abierta, sin decisión tomada. Pero ahí se ve con claridad lo que cambia cuando se cambia la pregunta. Si la pregunta es qué hacemos con este residuo, basta una solución puntual. Si la pregunta es qué recursos sobrantes existen en todo el territorio, dónde están y quién podría utilizarlos, hace falta información compartida, metodología y alguien que sostenga ese sistema en el tiempo. Ahí empieza la escala territorial.
En esa misma visita conocimos de cerca a LIPOR, la empresa que gestiona los residuos de ocho municipios portugueses y cerca de un millón de habitantes. Es un sistema con décadas de experiencia y resultados que cualquier territorio querría tener. Pero la lección que más me quedó no vino de lo que ya tienen resuelto: según su Relatório Integrado 2025, la generación per cápita pasó de 522 a 531 kilogramos por habitante al año, y el propio balance de LIPOR reporta un aumento de 1,2 % en la generación de residuos municipales respecto a 2024. Un sistema maduro no demuestra su fortaleza ocultando sus pendientes, sino siendo capaz de ponerlos sobre la mesa.
La cooperación internacional pierde valor cuando se convierte en una exhibición de casos exitosos. Gana valor cuando existe suficiente confianza para compartir también lo que todavía no sabemos resolver, comparar soluciones y evitar que cada territorio tenga que aprender el mismo error por su cuenta.
Esa misma confianza es la que nos toca ofrecer cuando la visita sea al revés. Entre finales de septiembre y principios de octubre llegan a Chihuahua delegaciones de los territorios socios del programa IURC-LAC. La intención es clara: no mostrar únicamente lo que funciona. Entre los pendientes que vale la pena abrir están el relleno sanitario de Cuauhtémoc, que tiene una deuda con sus pobladores, y el diálogo con actores empresariales y con las realidades menonita, rarámuri y mestiza del territorio. Si pedimos cooperación para aprender, tenemos que tener la misma confianza para mostrar lo que todavía no está resuelto.
Una empresa puede resolver una simbiosis. Varias empresas pueden construir una red. Pero cuando queremos que esas oportunidades no dependan de que cada empresa encuentre, por casualidad, a su contraparte, aparecen necesidades que ya no son de una sola transacción: información compartida, capacidades, estándares, infraestructura, coordinación y continuidad en el tiempo. La empresa puede impulsar buena parte de eso. Lo que no puede hacer sola es sostenerlo cuando cambian las personas, los ciclos y las prioridades. Ahí entra el gobierno, no como quien dirige a la empresa, sino como uno de los actores necesarios para construir capacidad territorial. Y cuando esas condiciones requieren reglas, incentivos o continuidad institucional, aparece la política pública.
Por eso, al volver a la frase con la que empieza esta columna, entiendo mejor desde dónde la decía Mauricio. Durante 2025 fue identificado por SEMARNAT como líder del equipo de Global Factor en las misiones regionales para la construcción participativa de la Política Nacional de Economía Circular, un proceso que recorrió seis regiones del país para escuchar realidades distintas antes de convertirlas en insumos de política. Cambiar las preguntas, visto así, deja de ser una frase para abrir una conferencia. Es una manera de trabajar: escuchar primero, decidir después, y aceptar que una política nacional difícilmente se construye ignorando lo que cada territorio tiene que decir.
El 26 de agosto, mientras terminaba de escribir esta columna, SEMARNAT presentó una actualización a la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente, con principios que incluyen gestionar el territorio con la gente y con visión de largo plazo, y avanzar de una economía que desecha a una economía que aprovecha. Es un proceso distinto al de la Política Nacional de Economía Circular, y coincide, simplemente en el calendario, con todo lo que llevo contado aquí.
Un territorio que aprovecha mejor sus materiales, su energía, su infraestructura y sus capacidades puede reducir dependencias, disminuir su exposición a ciertos costos y encontrar recursos locales que hoy nadie está usando. No son resultados automáticos, pero son una posibilidad real y suficiente para que esta conversación deje de pertenecer solamente a la agenda ambiental y entre también en la de competitividad industrial.
¿Qué estamos construyendo para que dentro de diez años la economía circular no dependa de proyectos aislados, sino que forme parte de la manera normal en que un territorio toma decisiones sobre sus recursos, su industria y su desarrollo?
Víctor M. Gómez-Céspedes es director general de Recilogic Industrial Company y team leader de Chihuahua Green. Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial.
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