De Medellín a Cali: lo que Colombia le enseña a una región

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COLUMNA DE OPINIÓN

CALI · 19 DE ABRIL DE 2026 · Tercera y última entrega, Serie Colombia

Víctor M. Gómez-Céspedes | Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial

Hay ciudades que se visitan. Y hay ciudades que te cambian la forma de ver las cosas. Colombia, en una semana, me dio las dos.

Llegué a Medellín con la agenda del programa IURC-LAC y con la disposición de un observador que compara, no de un turista que admira. Lo que encontré — y ya lo conté en el editorial del 13 de abril — fue una ciudad que no se transformó por decreto sino por una alianza sostenida entre empresarios, gobierno y ciudadanos que decidieron construir juntos un lugar donde valga la pena vivir e invertir. Quien quiera profundizar en eso, está en las páginas de esta misma columna. Lo que importa traer aquí es lo que esa semana dejó como punto de partida para entender Cali.

El lunes, cuando llegó el momento de viajar, la jornada tuvo un giro revelador. El vuelo venía retrasado desde Bogotá por condiciones climáticas — lluvias que alteraron las operaciones en la capital. Ese retraso llegó justo cuando el aeropuerto Olaya Herrera cerraba sus operaciones nocturnas, como hace cada noche, porque la neblina y las lluvias del Valle de Aburrá hacen inviable operar después de cierta hora. Dos causas encadenadas, una consecuencia directa: cambio de aeropuerto. No de terminal — de aeropuerto. Cuarenta y cinco kilómetros hacia Rionegro, casi una hora entre montañas, para tomar el vuelo desde el Internacional José María Córdova. Nadie reclamó sin sentido. La gente comprendió y siguió adelante.

El dato de fondo no es el civismo — es la causa. Ese retraso por condiciones climáticas en Bogotá es exactamente el tipo de consecuencia cotidiana y visible del cambio climático que suele invisibilizarse en los debates técnicos: la alteración de patrones meteorológicos que afecta operaciones, personas y decisiones en tiempo real. No en un informe del IPCC. En un aeropuerto, un lunes, con maleta en mano. Por eso el trabajo en economía circular, simbiosis industrial y descarbonización no es una agenda abstracta de largo plazo. Es la respuesta a consecuencias que ya estamos viviendo.

El cambio climático no llegará. Ya llegó. Lo vi en un retraso de vuelo un lunes camino a Cali. Por eso descarbonizar no puede esperar.

La ciudad que se baila — y que en eso enseña todo

Cali se llama a sí misma la sucursal del cielo. Uno entiende por qué desde el primer recorrido. Pero lo que más sorprende no es el clima ni el paisaje — es el orgullo. El orgullo caleño de su ciudad es espontáneo, se siente en la calle sin que nadie lo organice ni lo promueva. Lo llevan puesto. Y lo llevan con baile.

En Cali, la salsa no es un espectáculo para turistas ni un producto de exportación identitaria. Es el idioma con el que la gente ocupa las calles, los parques, las esquinas y las noches. Es la forma en que una ciudad dice que es suya. Pero hay algo más en ese baile que merece leerse con cuidado: en la salsa caleña, todos los actores saben exactamente cuándo entrar, cuándo ceder, cuándo liderar. No se rompe el ritmo. No se pierde la energía. Gobierno, empresa, academia, comunidad — cada uno con su papel, coordinados de manera natural, sin que nadie lleve solo ni nadie estorbe al otro.

Esa imagen no es solo una metáfora bonita. Es un modelo de gobernanza. Y es exactamente lo que la economía circular y la simbiosis industrial necesitan para funcionar: actores que se coordinan sin romper el ritmo, que confían en que el otro va a estar donde tiene que estar. Lo que Cali hace en la pista de baile, Chihuahua lo está construyendo en sus cadenas industriales.

El lenguaje es distinto. El principio es el mismo.

Con ese mismo ritmo, Cali trabaja en su agenda de sostenibilidad. Sus camiones urbanos operan con gas en lugar de diésel. La Gobernadora Dilian Francisca Toro impulsó el proyecto del Tren de Cercanías con tecnología sostenible y respaldo de la Unión Europea — infraestructura que conectará Cali con los municipios del área metropolitana como proyecto verde y generador de empleo. El alcalde Alejandro Eder reafirmó el compromiso de la ciudad con la reducción de emisiones y la protección de la biodiversidad. Y para ganar visibilidad internacional, Cali organizó la COP16 — evento que sus ciudadanos presumen con orgullo genuino, como parte de esa identidad colectiva que los define.

Esa biodiversidad tiene nombre y forma concreta. Colombia tiene la mayor diversidad de aves del mundo, y el Valle del Cauca es parte de ese patrimonio. Un ejemplo preciso de cómo ese compromiso se traduce en acción: la Aeronáutica Civil de Colombia opera programas formales de gestión de riesgos aviario y de fauna en sus aeropuertos — protocolos que protegen tanto la seguridad de las operaciones aéreas como las especies que habitan los entornos aeroportuarios. Cuidar la biodiversidad y construir infraestructura segura no son objetivos en conflicto. En Colombia, son parte del mismo ritmo.

Pero Colombia no esquiva sus contradicciones. El crimen organizado y la minería clandestina amenazan directamente esa biodiversidad y la selva que funciona como uno de los sumideros de carbono más importantes del planeta. Más del 70% del oro de aluvión en Colombia se extrae ilegalmente, devastando ecosistemas en el Chocó, la Amazonía y el Pacífico. Reconocerlo en voz alta, en un foro internacional, como lo hizo el alcalde de Cali, no es mostrar debilidad — es poner el problema sobre la mesa para poder resolverlo. Eso también forma parte del baile: saber nombrar lo que falla sin perder el paso.

En la salsa caleña, todos saben cuándo entrar, cuándo ceder y cuándo liderar. No se rompe el ritmo. Eso es exactamente lo que la economía circular necesita — y Cali ya lo hace de manera natural.

Un mapa ambicioso con ciclos sin cerrar

Del 14 al 17 de abril, Cali fue sede del Regional Networking Event del programa IURC-LAC. En cuatro días de trabajo, representantes de ciudades y regiones de América Latina y Europa compartimos mesa, agenda y algo más difícil de programar: la disposición honesta de mostrar no solo lo que funciona, sino también lo que falta.

El Valle del Cauca llegó con datos reales: una matriz energética 97% renovable, 6.5 millones de toneladas anuales de bagazo de caña disponibles para valorización, industria avícola y porcícola que genera cientos de miles de toneladas de biomasa, seis de las siete plantas de bioetanol de Colombia concentradas en una sola región. Invest Pacific — su agencia de competitividad e inversión internacional — presentó un mapa territorial que conecta biodiversidad, química verde, hidrógeno y combustibles de aviación sostenible en una cadena que, en teoría, podría cerrarse casi por completo.

Ese mapa está incompleto. Sus autores lo dijeron sin evasivas: hay flujos de biomasa sin valorizar, hay ciclos que no se cierran, hay sinergias industriales que el territorio tiene pero no ha activado. Y en ese reconocimiento honesto ocurrió algo que define lo mejor de la cooperación genuina: pidieron ayuda a las regiones socias para pensar juntos cómo completarlo. Es exactamente ahí donde entra la simbiosis industrial — no como concepto, sino como metodología probada para conectar lo que hoy es residuo con lo que mañana puede ser insumo.

En ese mismo espíritu llegó el diálogo con Carvajal Empaques — empresa con presencia real en México, con plantas que exportan al mercado estadounidense, y con compromisos verificables en economía circular. Desde su matriz buscaron cooperación con las regiones del programa. Chihuahua Green tiene algo concreto que aportar a esa conversación: metodología propia de simbiosis industrial, experiencia en articulación de cadenas de residuos con industria y una red de empresas que ya opera en ese modelo. No llegamos como aprendices. Llegamos con algo que el otro necesita.

La cooperación genuina no ocurre cuando uno sabe todo. Ocurre cuando uno muestra también lo que le falta — y el otro tiene exactamente eso.

La red que se construye — y el umbral que ya cruzamos

Nuestra Comunidad de Práctica en el IURC — Green and Just Transition — reúne cuatro regiones con contextos radicalmente distintos: Greater Porto con LIPOR, uno de los modelos de gestión de residuos más avanzados de Europa; Hunedoara en plena transición desde una economía industrial pesada; Valle del Cauca con su biomasa y su energía; y Chihuahua con su modelo de simbiosis industrial. En Cali también estuvieron viejos conocidos con quienes la relación se ha ido profundizando: Paraná, Brasil — socio estratégico desde el inicio — y Barcelona, a través de la Universitat Politècnica de Catalunya. No son relaciones que nacieron en este evento. Son vínculos que se consolidaron con agenda concreta hacia adelante.

Una de las jornadas más sustantivas fue la que construí con Anna-Karin Jansson, de Novia University of Applied Sciences en Finlandia — institución con larga trayectoria en el ecosistema IURC. Trabajamos explorando cómo conectar la experiencia académica finlandesa con las universidades que ya forman parte de la Red Universitaria Chihuahua Green, y cómo articular esa cooperación con los proyectos de simbiosis industrial en territorio. Anna llegó a esta conversación porque Paraná habló bien de Chihuahua. No porque nosotros nos hubiéramos presentado.

Ese detalle merece detenerse: cada vez con mayor frecuencia son otras regiones las que nos conectan con nuevas regiones. Ese es el umbral que ninguna campaña de comunicación puede reemplazar. Y como red tomamos una decisión estratégica: los webinarios que organizaremos se abrirán a empresas, academia, gobierno y sociedad civil de cada región. Cuando Porto, Hunedoara y Valle del Cauca lleguen a Chihuahua en septiembre, no vendrán a conocer un proyecto. Vendrán a continuar una conversación que ya habrá comenzado.

La única región de México — y lo que eso abre

En el mensaje institucional de cierre del evento, el representante de la Comisión Europea mencionó a Chihuahua por nombre. No fue un participante regional. Fue la voz institucional más alta del evento, frente a todos los representantes de América Latina y Europa reunidos en Cali.

Chihuahua es la única región o ciudad de México en todo el programa IURC-LAC que contará con un Study Visit. No hay otra. Un Study Visit no es una visita de cortesía — es un mecanismo formal que abre posibilidades concretas de cooperación técnica y de acceso a financiación europea. Las regiones que lo reciben quedan posicionadas como casos de referencia en futuras convocatorias, fondos y alianzas.

Al cierre del evento, la delegación del Valle del Cauca lo confirmó con acciones: la directora de Invest Pacific, la Subsecretaria de Internacionalización y la Subsecretaria de Desarrollo Sostenible de la Gobernación expresaron su intención de venir a Chihuahua — no como visita de protocolo, sino como misión de exploración para profundizar la cooperación y analizar opciones concretas de trabajo conjunto. Esa visita se articulará con la Secretaría de Innovación y Desarrollo Económico del Estado y con PRODECH. Lo que empezó como una Comunidad de Práctica en un programa europeo se convierte en una conversación entre instituciones de desarrollo económico real, a ambos lados del continente.

Y hay un dato más que define lo que distingue a Chihuahua dentro de esta red: conectamos a través del sector productivo. Desde empresas reales, con residuos reales, con oportunidades de negocio concretas — no solo desde el gobierno o la academia. Oscar Prat, Business Expert del programa IURC, lo identificó con claridad. Por eso ya estamos trabajando juntos para conectar a una empresa chihuahuense con soluciones y fondos del programa. El sector productivo no es la audiencia de la cooperación internacional en Chihuahua. Es el puente.

La única región o ciudad de México con Study Visit en el IURC-LAC. El sector productivo como puente, no como audiencia. Eso es lo que hace diferente a Chihuahua en esta red.

El reto de septiembre: mostrar lo que somos, con todo lo que falta

En septiembre, cuando Porto, Hunedoara y Valle del Cauca lleguen a Cuauhtémoc, el reto de Chihuahua no será impresionar. Será mostrar con la misma transparencia con la que Valle del Cauca expuso su mapa incompleto en Cali. No solo lo que funciona — también lo que falta, lo que está en proceso, lo que todavía no se ha resuelto.

Chihuahua tiene mucho que mostrar. Cuauhtémoc alberga algo que ningún otro territorio del programa IURC puede replicar en el mundo: tres culturas que conviven en un mismo territorio — la menonita, la rarámuri y la mexicana. Esa coexistencia no es folclore. Es un modelo vivo de gestión territorial diversa que tiene todo que aportar a una red que habla de transición justa e inclusión social. El conocimiento acumulado de cómo atraer inversión desde el sector privado hacia proyectos reales de sostenibilidad. Y una visión clara de cómo traducir la economía circular en resultados concretos: empleos, sinergias industriales, valorización de residuos que hoy son pasivos y mañana pueden ser activos.

La credibilidad en la cooperación internacional no se construye mostrando solo los logros. Se construye siendo tan abiertos con lo que falta como con lo que ya existe. Colombia me lo enseñó en una semana. Ese es el estándar al que Chihuahua tiene que llegar en septiembre.

El reto no es impresionar. Es mostrar lo que somos con honestidad — las tradiciones, el modelo, los resultados y también lo que todavía falta. Eso es lo que genera confianza real.

No cerrarse — esa es la estrategia

Las regiones que ven la cooperación internacional como un gasto o como un privilegio de quienes tienen tiempo libre están tomando una decisión sin darse cuenta: la de que sus ciudadanos aprendan solos, resuelvan solos y pierdan solos las oportunidades que ya existen en otras partes del mundo.

Lo que vi en Colombia — en Medellín y en Cali — es que las regiones que avanzan no son necesariamente las más ricas ni las mejor dotadas. Son las que decidieron no encerrarse. Las que entienden que el conocimiento que necesitan ya existe en algún lugar, y que la cooperación es la infraestructura más eficiente para acceder a él. No la única infraestructura — pero sí la más subestimada.

Chihuahua está en esa red. Con Porto, Hunedoara, Valle del Cauca, Paraná, Barcelona y Finlandia. No como observador ni como vitrina. Como territorio que aprende, que aporta con honestidad y que en septiembre abrirá sus puertas para demostrar que la economía circular no es una agenda de grandes ciudades. Es una estrategia de territorios que decidieron no cerrarse al mundo — y que conectan desde su sector productivo, que es donde los cambios reales ocurren.

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Víctor M. Gómez-Céspedeses director general de Recilogic Industrial Company y team leader de Chihuahua Green. Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial.

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