
COLUMNA DE OPINIÓN · CHIHUAHUA GREEN CHIHUAHUA · 27 DE ABRIL DE 2026
Víctor M. Gómez-Céspedes | Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial
La tarde de ayer, en la avenida Juan Pablo II de esta ciudad, las llamas alcanzaron diez metros de altura. Columna de humo visible desde cualquier punto de la ciudad. Cuerpos de emergencia movilizados, vecinos alertados, redes sociales encendidas con videos del siniestro. Una empresa recicladora que conozco de cerca — sus operaciones, sus clientes, la exigencia real que enfrentan día a día — ardiendo ante los ojos de todos.
Por eso puedo decir con fundamento lo que el reporte policiaco no dice: no se trata de una operación clandestina ni de un predio sin control. Se trata de una empresa que da servicio a la industria maquiladora de exportación — la misma que audita a sus proveedores, que exige documentación de manejo de residuos y que no trabaja con quien no cumple sus estándares. Si una maquiladora te contrata, algo estás haciendo bien.
No es la primera vez en lo que va del año. No es la primera vez en este mes. Y ese detalle importa más de lo que parece.
El 17 de abril, el relleno sanitario de Chihuahua capital registró un incendio que movilizó a los cuerpos de emergencia — el mismo relleno que ardió en las mismas fechas en abril de 2025. No es coincidencia: es un patrón asociado a la acumulación de residuos, la generación de gases y las altas temperaturas de primavera. La semana pasada, una recicladora en la colonia Revolución sumó otro siniestro a la lista. Y en el plano nacional, el incendio de una recicladora clandestina en Ecatepec hace apenas diez días destruyó dos mil metros cuadrados de material, comprometió la estructura de la Autopista Siervo de la Nación y requirió seis horas de trabajo con 26 pipas de agua y personal de la Marina y la Sedena para controlarse.
La pregunta que nadie está haciendo en voz alta es la que hay que responder: ¿por qué sigue pasando esto?
Antes de seguir: lo que se perdió ayer
Alguien perdió su patrimonio ayer por la tarde. Años de construcción empresarial convertidos en cenizas en minutos. Hay empleos que hoy están en el aire. Hay trabajadores que no saben si regresan hoy. Son empresarios chihuahuenses — personas que conozco, que han construido algo con sus propias manos en esta ciudad — y lo que vivieron no merece solo una nota policiaca. Merece una conversación seria sobre por qué el sistema que los rodea no los protege.
Eso merece decirse primero, con claridad y sin paternalismos.
Lo que el humo oculta todos los días
Mientras la columna de humo fue visible desde distintos puntos de la ciudad, lo que estas empresas hacen cotidianamente es completamente invisible. Nadie fotografía la tonelada de plástico postindustrial que no llegó al relleno sanitario. Nadie cubre la nota del metal recuperado que regresó como materia prima a la manufactura. Nadie cuantifica las toneladas de CO₂ evitadas porque alguien recogió, clasificó y dio valor a lo que otros descartaron como inservible.
Las recicladoras formales de Chihuahua son infraestructura real de la economía circular de este estado. Sin ellas, el relleno sanitario se llena el doble de rápido. Los costos municipales de disposición final se disparan. Los materiales que podrían ser insumos industriales se entierran para siempre. Eso tiene valor económico medible, valor ambiental medible, y un valor social — empleos, arraigo territorial, economía local — que ningún informe oficial sabe contabilizar.
Lo que vemos cuando arde una recicladora es la excepción dramática. Lo que no vemos es la contribución diaria, silenciosa e indispensable que esas empresas hacen.
La pregunta incómoda: ¿qué habríamos encontrado ayer en cualquier recicladora de Chihuahua?
Si ayer, antes del incendio, hubiéramos entrado a cualquier recicladora de la ciudad a ver qué materiales llegan y en qué condiciones llegan, la imagen sería reveladora.
Encontraríamos plástico mezclado con residuos orgánicos. Cartón húmedo contaminado con productos de limpieza. Metales mezclados con cables con aislante de PVC. Residuos eléctricos y electrónicos disueltos en la corriente general de lo “misceláneo”. Envases con restos de solvente junto a material aparentemente inerte. Fracciones que, separadas correctamente, son materia prima valiosa — y juntas, en condiciones de calor, son riesgo de ignición.
¿Por qué llega así? No porque las empresas generadoras sean irresponsables por convicción. En Chihuahua, la industria maquiladora tiene en su mayoría conciencia de sus obligaciones ambientales. Eso no está en duda. Lo que falta — y esta es la barrera real — es capacitación técnica específica y continua sobre separación en origen, clasificación por tipo de residuo y manejo correcto de fracciones problemáticas. Hay intención. No siempre hay conocimiento técnico suficiente para convertir esa intención en práctica cotidiana. Y en ese espacio entre la voluntad y el saber hacer concreto, se generan las mezclas que terminan en manos del reciclador sin que nadie lo haya planeado así.
A eso hay que sumar el contexto de este momento. La presión arancelaria que enfrenta la manufactura en Chihuahua es real y grave. Cuando una empresa está renegociando contratos, protegiendo márgenes y reteniendo personal en medio de la incertidumbre, la separación rigurosa de residuos baja en la lista de prioridades operativas. No porque no importe — sino porque la economía aprieta y obliga a elegir batallas inmediatas. Ignorar esa realidad al analizar el problema sería deshonesto.
Pero también sería deshonesto no decir lo siguiente: la responsabilidad extendida del generador no desaparece cuando la economía aprieta. Esa responsabilidad existe, está establecida normativamente y tiene consecuencias reales para el eslabón más débil de la cadena — que hoy ardió en Juan Pablo II.
El generador que no separa correctamente sus residuos no solo incumple una norma. Transfiere su riesgo al eslabón más débil de la cadena — y lo llama accidente.
Lo que la Ley General de Economía Circular viene a corregir
La Ley General de Economía Circular que México está consolidando no es una lista de buenas intenciones. Es un reordenamiento de responsabilidades a lo largo de toda la cadena de valor de los materiales. Su principio central aplicado aquí es preciso: quien genera un residuo no termina su responsabilidad cuando ese residuo sale de sus instalaciones. La responsabilidad lo sigue — hacia el manejo, hacia la documentación, hacia el destino final.
Bajo ese principio, el generador tiene razón para invertir en separación en origen, en capacitación de su personal y en contratos con recicladores verificados. La recicladora que recibe materiales bien clasificados puede operar con mayor seguridad, mayor eficiencia y menor riesgo. El relleno sanitario recibe menos carga. El sistema, en su conjunto, genera menos siniestros y más valor económico recuperado.
Pero la ley sola no construye capacidades. Lo que necesita para funcionar es un ecosistema de apoyo técnico que todavía está incompleto: programas de capacitación accesibles para generadores de todos los tamaños, esquemas de acompañamiento que conviertan la norma en práctica real — no solo en obligación incumplible.
Lo que las empresas tractoras pueden hacer — y el modelo que ya existe
La solución no es solo regulatoria.
En América Latina y en Europa hay modelos probados donde empresas grandes funcionan como tractoras de las recicladoras pequeñas: garantizando la demanda del material procesado, aportando capacitación técnica, facilitando acceso a financiamiento y compartiendo estándares de calidad que de otro modo serían inalcanzables para operadores de menor escala. En México, esquemas como los de FIRA y los modelos de Responsabilidad Ampliada del Productor apuntan en esa dirección. En Chile, redes como TriCiclos conectaron la demanda corporativa de materiales reciclados con la recolección comunitaria. En Francia, la legislación AGEC obligó a las grandes marcas a establecer alianzas formales con gestores especializados.
La maquiladora que hoy le exige a su proveedor de residuos estándares de manejo tiene también la posibilidad — y en el marco de la economía circular, la responsabilidad — de ser parte de la solución de manera más activa: compartiendo capacitación, co-invirtiendo en mejoras de infraestructura, o garantizando contratos estables que permitan a la recicladora planear y tecnificarse.
La relación entre generador y reciclador no tiene que ser una transferencia de riesgo. Puede ser una alianza productiva. Esa es exactamente la lógica de la simbiosis industrial.
La maquiladora que exige estándares a su proveedor de residuos tiene también la capacidad de ayudarle a alcanzarlos. Eso no es filantropía — es simbiosis industrial.
Protección Civil: entre la norma y lo posible
Las normas de protección civil para el manejo de materiales existen por razones completamente legítimas. Toda empresa recicladora debe operar con estándares de seguridad exigentes — eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión es el modelo de aplicación.
Muchas de las normas vigentes fueron diseñadas para grandes instalaciones con capacidades técnicas y presupuestarias para cumplirlas. Aplicadas sin adaptación a empresas medianas o pequeñas, sin el acompañamiento que haría posible el cumplimiento, se convierten en barreras inalcanzables — no en herramientas reales de seguridad. Y cuando el cumplimiento formal es imposible sin apoyo, la operación se vuelve precaria no por voluntad sino por circunstancia.
Lo que se necesita es norma diferenciada, con rutas de formalización reales, plazos graduales y acompañamiento técnico. No menos seguridad — más camino para llegar a ella.
La mesa que hay que convocar — y la que no hay excusa para no sentarse
Lo que ocurrió ayer en Juan Pablo II, lo que ocurrió la semana pasada en la Revolución, lo que ocurrió el 17 de abril en el relleno sanitario — y lo que ocurre en México cada vez que una recicladora clandestina arde durante seis horas y compromete infraestructura pública — no son eventos aislados. Son síntomas del mismo sistema sin cerrar.
Chihuahua tiene lo que se necesita para cerrar ese sistema: una plataforma de economía circular operativa, una industria con vocación exportadora que ya maneja estándares internacionales, organismos empresariales con presencia y capacidad de convocatoria, academia comprometida y gobierno con instrumentos disponibles. Ninguno de esos actores puede resolver esto solo. Todos juntos, sí.
Por eso la propuesta es concreta: hay que sentarse en la misma mesa — recicladoras, generadores, maquiladoras, Protección Civil, autoridades municipales, organismos empresariales y quienes trabajamos en economía circular — para trazar juntos las soluciones que el sistema necesita. No para señalar culpables. Para definir qué le corresponde a cada quien, con compromisos verificables y plazos reales.
Esa mesa no es una amenaza para nadie. Es una oportunidad para todos. Pero hay que decirlo con claridad: quien no quiera sentarse también estará diciendo algo. No sobre sus capacidades — sobre su voluntad de ser parte de la solución. Y eso, en un estado que aspira a ser referente nacional en economía circular, también tiene un costo.
La columna de humo de ayer en Juan Pablo II se vio desde muchos lugares de la ciudad. Lo que hay que construir para que no se repita se verá desde mucho más lejos — si lo construimos juntos.
Las recicladoras no son el problema de la gestión de residuos en México. Son parte indispensable de la solución. Pero para que cumplan ese papel con seguridad y con dignidad, el sistema completo tiene que funcionar — y todos sus actores tienen que sentarse a construirlo.
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Víctor M. Gómez-Céspedes es director general de Recilogic Industrial Company y team leader de Chihuahua Green. Experto nacional en economía circular y simbiosis industrial.
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